domingo, 3 de agosto de 2008

Con los dedos picoteados por las agujas, sus ojos cansados por el constante esfuerzo, sentía que cargaba en su espalda un gran bulto y que este enterraba una especie de pica hielo en varias partes de su cuerpo, Teresa tenía ya un poco más de seis horas de pie, esperaba desesperada la hora de la salida, no aguantaba el dolor de espalda y mucho menos las ganas de estar en casa.
Como a eso de las tres de la tarde entró el gerente de producción para revisar la calidad de la mercancía creada por las obreras, se dio cuenta de que los productos de Teresa estaban en muy malas condiciones, la buscó con la mirada, observó con enojo su producto y le dijo:
-Te había dicho antes que no quería este tipo de trabajos aquí, mira lo que produce doña Gertrudis, que es mayor que tú por más de veinte años, compáralos con las porquerías que haces. ¡No puedo seguir tolerando esto, toma tus cosas y te veo en mi oficina ya!
Teresa, sin poder articular palabra alguna salió de la gran bodega para dirigirse a la oficina del patrón. Llegó, se sentó frente al escritorio, agachó la mirada y pensó durante algunos minutos, pensaba en sus niñas, esas dos gemelas que habían llegado a su vida hacia un poco mas de siete años, estaba pensando en alguna escusa para sus criaturas cuando el sonido de la puerta de tras de ella la interrumpió, el patrón había llegado ya. La miró con esos grandes y profundos ojos, Teresa recargó su cabeza en el escritorio de aquel hombre y comenzó a llorar, conforme pasaban los segundos, su llanto iba en aumento, se desahogó como nunca en siete años lo había hecho, lloró como cuando llora un niño que pierde un muñeco que durante mucho tiempo fue su mejor amigo. Sabía perfectamente que no podía darse el lujo de perder un trabajo, no podía soportar ser despedida de esa manera, odiaba mucho su trabajo, pero amaba a sus hijas. Cuando esas niñas que tanto amaba poblaron completamente su mente, se lanzó a los pies de aquel individuo suplicando y rogando inconsolablemente:
–¡No me corra, por favor, no lo haga, prometo hacer mejor mi trabajo de hoy en adelante, por mis hijas por favor no me corra!
El hombre la observaba sin mostrar ni una mueca de lástima o compasión en su rostro, pareciera que éste, en el pasado ya había presenciado escenas como la que Teresa estaba haciendo. La apartó de sus pies, acarició su pelo, su rostro, sus manos. Había que aceptar que aquella mujer era realmente muy bella. Los empleados de la oficina, desde afuera observaron aquel hecho, Teresa se percató de aquello, volteaba hacia las ventanas extrañada de las mirada, los trabajadores de atuendo “decente”, por los que ella se hacía pasar todos los días, bajaron la cabeza avergonzados de si mismos para después encerrarse en sus respectivas oficinas, cerrar la puerta y recorrer las cortinas. El hombre, despreocupado por lo que pasaba a su alrededor, desabrochó su cinturón, bajó sus pantalones, se acercó a ella, que se encontraba aún tirada en el piso y mirándola a los ojos le dijo:
-Recupera tu trabajo.
Escondiendo el mandil en lo más profundo de la bolsa, Teresa tocó la puerta de su casa cargando algunas piezas de pan y leche, esperó un poco y escuchó de tras de esta las risas y cuchicheos de sus gemelas, una sonrisa invadió su rostro, cuando estas abrieron, la recibieron con abrazos y besos, Teresa se sentía feliz de estar con ellas, pero aun así, después de aquel día, no iba a ser fácil mirarlas a los ojos. Las tres, sentadas en la mesa, platicaron durante un largo rato, una de ellas se quejaba de que su computadora estaba averiada y necesitaba que la arreglaran, platicaron de las experiencias en el colegio ese día, hasta que la más pequeña preguntó:
-Y a ti mamá, ¿Cómo te fue en la oficina?
La mujer, pálida por la pregunta, logró difícilmente tragar el pedazo de pan que tenía en la boca, mostró una sonrisa enteramente fingida que ni siquiera ella se habría dado cuenta del nudo que sentía en la garganta que no le permitía hablar y la presión que invadía su corazón, para después decir:
-Hoy me ha ido muy bien.



Samanta Islas

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