Observaba con detenimiento la escena. Un niño, dentro del agua, movía con rapidez sus manos y sus piernas al mismo tiempo, pero éstas no le respondían como lo deseaba.
Nadie entendía como había caido de esa forma. Su madre, una mujer de estatura mediana, pelo largo y trenzado de manera que formaba una diadema sobre su cabeza, gritaba desesperadamente desde la orilla del río, mientras los demás onservaban aquel hecho. Los más viejos intentaron entrar por él, pero la piedras no permitirían, por ni un motivo, que pasaran por ensima de ellas sin antes resbalar y en cualquier momento podrian caer y ser arrollados por el río. El pequeño logró detenerce de una rama cerca de la orilla.
Sin embargo, ésta no aguantaría mucho y en cuenstión de segundos caería y sería arrastrado por aquellas aguas tan salvajes.
No sabía como reaccionar, la escena le parecía vulgar, observó a los de su raza, montados en grandes y poderosos caballos y se dió cuenta de que podían ayudar. Aquel animal de cuatro patas
visto por los nativos como un "moustro" podía salvarle la vida a aquella criatura. Su corazón comenzó a latir más rápido, sintió una punzada en el estómago y las manos empezaron a sudarle. Sin saber por qué ni cómo, sin pensar, un impulsivo "hay que sacarlo de ahi" salió de su boca. Se sorprendió de lo que acabada de decir, deseó no haberlo dicho nunca y mucho menos a sus compañeros, quienes lo miraron con desconcierto y en seguida rieron, dejando así en claro que no les interaba, en lo más mínimo, la vida de aquel ser humano.
El hombre mostró una sonrisa forzada y siguió andando, mientras el demonio interno peleaba con su razón y carcomía su pecho poco a poco.
Samanta Islas
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Hace 10 años
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