Sin importar lo que haya hecho antes o después, su nombre; sexo; edad u ocupación. Se recostó, no importa en donde o por qué. El único dato importante es que aquello lo hizo a la intemperie y durante la noche. Noche de octubre. Conocía con gran detenimiento la posición de los planetas. Distinguió, sin esfuerzo, a Venus. Su calor y su belleza, dejándose envolver así en sus movimientos menudos, lentos, artísticos. Después pasó a los siguientes planetas hasta que terminó de recorrerlos uno a uno. Descubrió que su visión podía ser mucho más precisa de lo que pensaba y decidió viajar de galaxia en galaxia. Pudo inferir que la Andrómeda y Vía Láctea en un futuro podrían combinarse, unirse hasta ser una sola. Conoció las galaxias elípticas; lenticulares; espirales; irregulares. Y así pudo llamarlas a todas “secuencia de Hobble”. Sin importar a quien le haya dado los créditos. Viajó entre cometas, planetas, estrellas, galaxias. Entendió que todo estaba en completa concordancia, que nada existía sin motivo alguno, que todo tenía su trabajo, sin importar su posición, tamaño o jerarquía. Todo, absolutamente todo era perfecto. Nada sobraba ni faltaba. Desde la partícula más pequeña que podría existir, teniendo dentro otro universo, hasta el sin fin de galaxias existentes. Cerró su mente, decidió quedarse entre luces y oscuridad, decidió…simplemente, se fue. Y no creo que regrese.
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