domingo, 29 de junio de 2008

La última faena

Jalaba rápida y cuidadosamente del aquel tubo amarillo para que no corriera el riesgo de ser escuchado por los vecinos del lugar. Este se conectaba a las entradas de gas y a su vez subía hasta el último departamento de un edificio que medía un poco más de quince metros de altura, era una tarea interesante y muy peligrosa. Primero, comenzó a realizar su acostumbrada faena, tenía que meter sus manos y pues entre los orificios de las so tejuelas de cada departamento para así llegar hasta el último piso y arrancar la varilla, para después de ello, bajar y poder llevar con él aquel largo tubo de quince metros sin ni un problema. Cuando llegó a su destino, jaló tan fuerte de aquella pequeña vara que no existió la necesidad de volver a tirar de ella, se sentía seguro, había hecho ya aquello un centenar de veces que no tenía la necesidad de mirar con detenimiento lo que estaba haciendo, se sentía completamente seguro. La única forma de que todo saliera mal, es que algún vecino saliera molesto por aquel robo y lo golpeara como llegaba a pasar algunas veces, en ocasiones había logrado escapar de algunos que salían corriendo tras él con bate en mano.
Terminado su trabajo desde allá arriba, se dispuso a bajar, pero cuando quiso dar la vuelta de nuevo, su pie resbaló con un calcetín húmedo que colgaba de uno de los agujeros, aquello provocó que perdiera el equilibrio completamente y cayera, mientras esto pasaba, en cada orificio del edificio podía ver su vida, como si se reflejara desde adentro , se vio a si mismo, de niño, de joven, se vio en todas las dimensiones posibles, decidió encomendarse al único personaje que su madre siempre le nombraba y que aun no olvidaba, pero que curiosamente tampoco conocía. Pidió perdón por sus pecados, rogó no morir, por lo menos ese día, argumentando que, esta vez, buscaría un trabajo, trataría de terminar la preparatoria, escucharía a su madre, conocería a una buena muchacha, se casaría, tendría hijos, dedicaría su vida entera a su familia, trabajo y a Dios, después de todo, es lo que la sociedad entera califica como lo correcto y moral. No pudo terminar sus pensamientos, había llegado al suelo. La caída fue rápida, espontánea y sin dolor alguno. Sus ojos estaban abiertos e inmóviles, igual que él. El cuerpo extremadamente delgado por el exceso de drogas de aquel individuo de tan sólo veinte años había muerto inmediatamente después del impacto.
Samanta Islas



No hay comentarios: