lunes, 19 de octubre de 2009

La miraba desde la ventana de su camioneta. No era bella, pero era una mujer. Una mujer que bien, podía estar enamorada en ese momento. Una mujer capaz de sonreír sin remordimientos.
La miraba sin importarle que hubiera logrado incomodarla, que se escondiera detrás de su pareja para no sentirse acosada. Importaba poco su cabello desacomodado, su sobrepeso notable y sus atuendos desgastados. Era una mujer, cualquier mujer, y eso le parecía atractivo. Le gustaba la idea de poder caminar con ella sin la inquietud de sentirse observado. Pensó en sonreírle pero ya era tarde. El carro había arrancado a toda velocidad para alejarse de él.
Su habitación era pequeña, pero cómoda. Se recostó pensando en ella. Idealizó toda una vida con una mujer que bien podría caminar en medio de un estadio de fútbol lleno de aficionados sin ser vista. Deseó hablarle, preguntarle su nombre y saber de ella. Descubrir su trabajo, sus deseos, sus miedos, sus vicios y sus gustos. Quiso seguir pensando pero no pudo. Unas sombras aparecieron en el techo para después bajar por las paredes, subir a su cama y envolverlo por completo. No tuvo más opción que quedarse quieto con la mirada perdida. Las sombras le aplastaban el pecho hasta dejarlo sin aire, entraban por su boca y recorrían su cuerpo, salían por una oreja y entraban por la otra, le jalaban el pelo, le rompían los dedos, le revolvían el estómago, le azotaban la cabeza, le asfixiaban la garganta y le chupaban los ojos. Pero esa noche fue diferente. Primero, se vio resignado a aceptar que las sombras lo tomaran, como todas las noches. Pero después su mente se aferró a los grandes ojos de aquella mujer que llegaron a verlo con miedo. A aquellos cabellos negros que le llegaba hasta la cintura. A esa sonrisa grande de dientes parejos. Y las sombras se fueron para dejarlo en paz el resto de la noche. Tenía más tiempo para pensar. Pero, cuando se disponía a hacerlo, una nueva sombra atravesó su puerta y le dijo “ya es tarde, levántate. Se levantó para cumplir las órdenes. Aquel día, a pesar de ser como todos los demás, le pareció diferente. Una pequeña sonrisa era notable en su rostro. Sus compañeros lo miraban y sabían que no había lidiado con las sombras nocturnas, supusieron que había pasado la noche con alguna mujer, que había pagado 50 dólares para no dormir. Sin embargo, nadie sabía, y nunca adivinarían que su felicidad había sido gratis.
Cuando estaba por desayunar, un hombre alto de mirada perdida de dijo “te están esperando. Sus ojos se nublaron nuevamente y su color de piel cambió. Tomó su material de trabajo y trepó aquella camioneta blanca.
Cuando llegaron a su destino el chofer le dijo “te toca”. Comenzó a bajar la ventana de la camioneta y mientras bajaba pensó en la muchacha. Sacó su material por la ventana, pero seguía pensando. Quería verla de nuevo, imaginarla, pero no pudo hacerlo. La imagen era muy borrosa y abstracta. Hasta que el chofer le gritó “apúrate, que ya nos vieron. En eso, las cosas se salieron de control, supuso que ya había terminado su trabajo, que regresarían a casa y llegaría la noche nuevamente. No se dio cuenta de que jamás había apretado el gatillo, que había provocado llamar la atención y que ahora él era el blanco. Y cuando reaccionó, sus compañeros estaban inmóviles en sus asientos. Salió con las manos en alto mientras un grupo de hombres armados apuntaban a su cabeza. Nadie, ni siquiera él, supo de dónde había salido la bala que le atravesó el corazón. Lo único que vio al caer al piso fue la imagen de la muchacha del día anterior, y no porque estuviera enamorado, si no porque sabía que eso alejaría a las sombras. Pero esta vez no funcionó. Las sombras salieron de todos lados, para tomarlo, para adueñarse de él. Apretaban su corazón hasta hacerlo gritar y llorar. Entonces se resigno a la muerte. Y murió, como todos los demás, sin ser reclamado nunca.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Escrúpulo

Me parece que vivo
que estoy entre los ruidos
que miro las paredes,
que estas manos son mías,
pero quizás me engañey paredes y manos
sólo sean recuerdos
de una vida pasada.
He dicho "me parece"
yo no aseguro nada.

Oliverio Girondo

martes, 11 de agosto de 2009

Accidente

Temí... no el gran amor.

Fui inmunizada a tiempo y para siempre con un beso anacrónicoy la entrega ficticia—capaz de simular hasta el rechazo— y por el juramento, que no es más retórico porque no es más solemne.

No, no temí la pira que me consumiría sino el cerillo mal prendido y esta ampolla que entorpece la mano con que escribo.

Rosario Castellanos

viernes, 7 de agosto de 2009

No sé cómo superar mi miedo. Los periódicos, la televisión, la radio y el Internet me dicen que lo superaré hasta el día en que me muera. Lo cual es muy irónico.


Samanta Islas

martes, 21 de julio de 2009

La comida le sabía a puerco. Y no entendía cómo si estaba comiendo pollo.
Pensó un poco y...Sacó sus dedos de su sandwish.

lunes, 11 de mayo de 2009

La gelleta de la suerte

Ayer, por la tarde, abrí una galletita de la suerte y decía:
"Hoy por la noche te inivtarán a un lugar lleno de aventuras"
Pensé un poco y entendí que no podía confiar en una galleta. Pero cuando llegó la noche: lloré pensando en la galleta.
Y no entiendo por qué...

lunes, 20 de abril de 2009


Monólogo del viejo con la muerte

Y bien, eso era todo.
Aquí tiene la vida, mírese en ella como en un espejo,
empáñela con su último suspiro.
Éste es Ud. de niño, entre otros niños de su edad;
¿se reconocería a simple vista?
le han pegado en la cara, llora a lágrima viva,
le han pegado en la cara.
Allí está varios años después, con su abuelo
frente al primer cadáver de su vida.
Llora al viejo. parece que lo llora
pero es más bien el miedo a lo desconocido.
El vuelo de una mosca lo distrae.

Y aquí vienen sus vicios, las pequeñas alegrías de un cuerpo reducido a su mínima expresión,
quince años de carne miserable;
y las virtudes, ciertamente, que luchan
con gestos más vacíos que ellas mismas.
Un gran amor. la perla de su barrio
le roba el corazón alegremente
para jugar con él a la pelota.
El seminario, entonces,
le han pegado en la cara, Ud. pone la otra;
pero Dios dura poco, los tiempos han cambiado
y helo aquí cometiendo una herejía.
Véase en ese trance, eso era todo:
asesinar a un muerto que le grita: no existo.
Existen Marx y el diablo.

Recuerde, ese es Ud. a los treinta años;
no ha podido casarse
con su mujer, con la mujer de otro.
Vive en un subterráneo, en una cripta
de lo que se le ofrece, sin oficio,
esqueléticamente, como un santo.
Del otro mundo viene ciertas noches
a visitarlo el padre de su padre:
-Vuelve sobre tus pasos, hijo mío, renuncia
al paraíso rojo que te chupa la sangre.
Total. si el mundo cambia a cañonazos.
antes que nada morirán los muertos.
Piensa en ti mismo, instala tu pequeño negocio.
Todo empieza por casa.

Mírese bien, es Ud. ese hombre
que remienda su única camisa
llorando secamente en la penumbra.
Viene de la estación, se ha ido alguien,
pero no era el amor, sólo una enferma
de cierta edad, sin hijos, decidida a olvidarlo
en el momento mismo de ponerse en marcha.
Ud. se pone en su lugar. No sufre.

¿Eso era el amor? Y bien, sí, era eso.
Tranquilo. Una mujer de cierta edad. Tranquilo
Mírela bien. ¿Quién era? Ya no la reconoce,
es ella, la que odia sus calcetines rotos,
la que le exige y le rechaza un hijo,
la que fInge dormir cuando Ud. Ilega a casa,
la que le espanta el sueño para pedirle cuentas,
la que se ríe de sus libros viejos,
la que le sirve un plato vacío, con sarcasmo,
la que amenaza con entrar de monja,
la que se eclipsa al fin entre la muchedumbre.

Y bien, eso era todo. Véase Ud. de viejo
entre otros viejos de su edad, sentado
profundamente en una plaza pública.
Agita Ud. los pies, le tiembla un ojo,
lo evitan las palomas que comen a sus pies
el pan que Ud. les da para atraérselas.
Nadie lo reconoce, ni Ud. mismo
se reconoce cuando ve su sombra.
Lo hace llorar la música que nada le recuerda.
Vive de sus olvidos
en el abismo de una vieja casa.
¿Por qué pues no morir tranquilamente?
¿A qué viene todo esto?
Basta, cierre los ojos;
no se agite, tranquilo, basta, basta.
Basta, basta, tranquilo, aquí tiene la muerte.

Enrique Lihn

martes, 3 de marzo de 2009

Digo que yo no soy un hombre puro
Nicolás Guillén
Cuba, 1902-1989

Yo no voy a decirte que soy un hombre puro. Entre otras cosasfalta saber si es que lo puro existe. O si es, pongamos, necesario. O posible. O si sabe bien. ¿Acaso has tú probado el agua químicamente pura, el agua de laboratorio, sin un grano de tierra o de estiércol, sin el pequeño excremento de un pájaro, el agua hecha no más de oxígeno e hidrógeno? ¡Puah!, qué porquería.
Yo no te digo pues que soy un hombre puro, yo no te digo eso, sino todo lo contrario. Que amo (a las mujeres, naturalmente, pues mi amor puede decir su nombre), y me gusta comer carne de puerco con papas, y garbanzos y chorizos, y huevos, pollos, carneros, pavos, pescados y mariscos, y bebo ron y cerveza y aguardiente y vino, y fornico (incluso con el estómago lleno). Soy impuro, ¿qué quieres que te diga? Completamente impuro.
Sin embargo, creo que hay muchas cosas puras en el mundoque no son más que pura mierda. Por ejemplo, la pureza del virgo nonagenario. La pureza de los novios que se masturbanen vez de acostarse juntos en una posada. La pureza de los colegios de internado, dondeabre sus flores de semen provisionalla fauna pederasta. La pureza de los clérigos. La pureza de los académicos. La pureza de los gramáticos. La pureza de los que aseguranque hay que ser puros, puros, puros. La pureza de los que nunca tuvieron blenorragia. La pureza de la mujer que nunca lamió un glande. La pureza del que nunca succionó un clítoris.La pureza del que no engendró nunca. La pureza del que se da golpes en el pecho, y dice santo, santo, santo, cuando es un diablo, diablo, diablo. En fin, la purezade quien no llegó a ser lo suficientemente impuropara saber qué cosa es la pureza.
Punto, fecha y firma. Así lo dejo escrito.

martes, 24 de febrero de 2009

Observaba con detenimiento la escena. Un niño, dentro del agua, movía con rapidez sus manos y sus piernas al mismo tiempo, pero éstas no le respondían como lo deseaba.
Nadie entendía como había caido de esa forma. Su madre, una mujer de estatura mediana, pelo largo y trenzado de manera que formaba una diadema sobre su cabeza, gritaba desesperadamente desde la orilla del río, mientras los demás onservaban aquel hecho. Los más viejos intentaron entrar por él, pero la piedras no permitirían, por ni un motivo, que pasaran por ensima de ellas sin antes resbalar y en cualquier momento podrian caer y ser arrollados por el río. El pequeño logró detenerce de una rama cerca de la orilla.
Sin embargo, ésta no aguantaría mucho y en cuenstión de segundos caería y sería arrastrado por aquellas aguas tan salvajes.
No sabía como reaccionar, la escena le parecía vulgar, observó a los de su raza, montados en grandes y poderosos caballos y se dió cuenta de que podían ayudar. Aquel animal de cuatro patas
visto por los nativos como un "moustro" podía salvarle la vida a aquella criatura. Su corazón comenzó a latir más rápido, sintió una punzada en el estómago y las manos empezaron a sudarle. Sin saber por qué ni cómo, sin pensar, un impulsivo "hay que sacarlo de ahi" salió de su boca. Se sorprendió de lo que acabada de decir, deseó no haberlo dicho nunca y mucho menos a sus compañeros, quienes lo miraron con desconcierto y en seguida rieron, dejando así en claro que no les interaba, en lo más mínimo, la vida de aquel ser humano.
El hombre mostró una sonrisa forzada y siguió andando, mientras el demonio interno peleaba con su razón y carcomía su pecho poco a poco.

Samanta Islas

sábado, 7 de febrero de 2009

Sin importar lo que haya hecho antes o después, su nombre; sexo; edad u ocupación. Se recostó, no importa en donde o por qué. El único dato importante es que aquello lo hizo a la intemperie y durante la noche. Noche de octubre. Conocía con gran detenimiento la posición de los planetas. Distinguió, sin esfuerzo, a Venus. Su calor y su belleza, dejándose envolver así en sus movimientos menudos, lentos, artísticos. Después pasó a los siguientes planetas hasta que terminó de recorrerlos uno a uno. Descubrió que su visión podía ser mucho más precisa de lo que pensaba y decidió viajar de galaxia en galaxia. Pudo inferir que la Andrómeda y Vía Láctea en un futuro podrían combinarse, unirse hasta ser una sola. Conoció las galaxias elípticas; lenticulares; espirales; irregulares. Y así pudo llamarlas a todas “secuencia de Hobble”. Sin importar a quien le haya dado los créditos. Viajó entre cometas, planetas, estrellas, galaxias. Entendió que todo estaba en completa concordancia, que nada existía sin motivo alguno, que todo tenía su trabajo, sin importar su posición, tamaño o jerarquía. Todo, absolutamente todo era perfecto. Nada sobraba ni faltaba. Desde la partícula más pequeña que podría existir, teniendo dentro otro universo, hasta el sin fin de galaxias existentes. Cerró su mente, decidió quedarse entre luces y oscuridad, decidió…simplemente, se fue. Y no creo que regrese.

lunes, 19 de enero de 2009

Estás tan unido en tu mierda que nadie puede sacarte de donde estás. Ya no importa cuanto desees algo. No lo obtendrás nunca; realmente no lo quieres o no sabes si lo quieres o no. Te creaste la barrera invisible de la imposibilidad y en lugar de perforarla decidiste sentarte para buscar al culpable, quejarte y tirar más basura auditiva. Pero ten cuidado, no vaya a ser que un día te ahoges con tus propia mierda y nadie, nisiquiera yo, va a sacarte de allí.

martes, 2 de diciembre de 2008

... Pero aquí estás, sentado frente a mí, a un lado, sobre la mesa, en las regaderas, en los sillones, en mi cama, en las cucharas, en todos lados. Te pido constantemente que te vayas, pero sólo me muestras tus blancos y separados dientes. Y me dices que no con la cabeza. Te levantas de donde sea que estés y te vas, pero después regresas, sin avisar y no te vas. Es cuando pienso que me necesitas, que quieres tenerme a tu lado.
A veces, cuando me encuentro entre risas y carcajadas, apareces, sentado allí, sin decirme nada, mirándome. Te he pedido que te vayas, que no regreses, pero no me escuchas. Entonces, me aparto del mundo entero para llorar...a solas...con mis recuerdos.

Samanta Islas

lunes, 24 de noviembre de 2008

No fue suficiente
No sé cómo, ni cuándo pasó. Yo, sentada en mi sillón de siempre, leyendo las mejores novelas de mi vida. No sé cómo ni cuándo pasó. Él, sentado el sillón de siempre, conquistaba a la mujer de su vida. Nunca se dio cuenta de que mientras leía, dedicaba a un renglón entero a la novela y el otro a realizar una buena estrategia para su conquista. Hasta que ella, con palabras secas e indiferentes, me dijo: “se quedó conmigo, búscate otro. Hasta hoy, pienso que me equivoqué, debí amarrarlo a mí fuertemente y no soltarlo nunca.


Samanta Islas
“Te digo que lo he visto”
Me decía mi madre alterada. Le respondí que no se preocupara, que no era nada importante. Se asustó de mi inesperada reacción. Lo que ella nunca supo es que dentro de mí, había una mano caliente y seca que tomaba mi garganta y la apretaba hasta dejarme sin aire. Que un fuerte puño apretaba mis pulmones y que pareciera que alguien mordía, desesperadamente, mi corazón.
No fue mi culpa
"¡Puta!... ¡Zorra!... ¡Pendeja!... ¡Estúpida!"
Me gritaba desde la ventana, mientras yo lloraba. No me defendí. Le di la razón. Nunca le dije que era ella quien se había metido, quien había interrumpido mi felicidad, al contrario, sigo viviendo con la culpa de haberla hecho infeliz.

Samanta Islas