La miraba desde la ventana de su camioneta. No era bella, pero era una mujer. Una mujer que bien, podía estar enamorada en ese momento. Una mujer capaz de sonreír sin remordimientos.
La miraba sin importarle que hubiera logrado incomodarla, que se escondiera detrás de su pareja para no sentirse acosada. Importaba poco su cabello desacomodado, su sobrepeso notable y sus atuendos desgastados. Era una mujer, cualquier mujer, y eso le parecía atractivo. Le gustaba la idea de poder caminar con ella sin la inquietud de sentirse observado. Pensó en sonreírle pero ya era tarde. El carro había arrancado a toda velocidad para alejarse de él.
Su habitación era pequeña, pero cómoda. Se recostó pensando en ella. Idealizó toda una vida con una mujer que bien podría caminar en medio de un estadio de fútbol lleno de aficionados sin ser vista. Deseó hablarle, preguntarle su nombre y saber de ella. Descubrir su trabajo, sus deseos, sus miedos, sus vicios y sus gustos. Quiso seguir pensando pero no pudo. Unas sombras aparecieron en el techo para después bajar por las paredes, subir a su cama y envolverlo por completo. No tuvo más opción que quedarse quieto con la mirada perdida. Las sombras le aplastaban el pecho hasta dejarlo sin aire, entraban por su boca y recorrían su cuerpo, salían por una oreja y entraban por la otra, le jalaban el pelo, le rompían los dedos, le revolvían el estómago, le azotaban la cabeza, le asfixiaban la garganta y le chupaban los ojos. Pero esa noche fue diferente. Primero, se vio resignado a aceptar que las sombras lo tomaran, como todas las noches. Pero después su mente se aferró a los grandes ojos de aquella mujer que llegaron a verlo con miedo. A aquellos cabellos negros que le llegaba hasta la cintura. A esa sonrisa grande de dientes parejos. Y las sombras se fueron para dejarlo en paz el resto de la noche. Tenía más tiempo para pensar. Pero, cuando se disponía a hacerlo, una nueva sombra atravesó su puerta y le dijo “ya es tarde, levántate. Se levantó para cumplir las órdenes. Aquel día, a pesar de ser como todos los demás, le pareció diferente. Una pequeña sonrisa era notable en su rostro. Sus compañeros lo miraban y sabían que no había lidiado con las sombras nocturnas, supusieron que había pasado la noche con alguna mujer, que había pagado 50 dólares para no dormir. Sin embargo, nadie sabía, y nunca adivinarían que su felicidad había sido gratis.
Cuando estaba por desayunar, un hombre alto de mirada perdida de dijo “te están esperando. Sus ojos se nublaron nuevamente y su color de piel cambió. Tomó su material de trabajo y trepó aquella camioneta blanca.
Cuando llegaron a su destino el chofer le dijo “te toca”. Comenzó a bajar la ventana de la camioneta y mientras bajaba pensó en la muchacha. Sacó su material por la ventana, pero seguía pensando. Quería verla de nuevo, imaginarla, pero no pudo hacerlo. La imagen era muy borrosa y abstracta. Hasta que el chofer le gritó “apúrate, que ya nos vieron. En eso, las cosas se salieron de control, supuso que ya había terminado su trabajo, que regresarían a casa y llegaría la noche nuevamente. No se dio cuenta de que jamás había apretado el gatillo, que había provocado llamar la atención y que ahora él era el blanco. Y cuando reaccionó, sus compañeros estaban inmóviles en sus asientos. Salió con las manos en alto mientras un grupo de hombres armados apuntaban a su cabeza. Nadie, ni siquiera él, supo de dónde había salido la bala que le atravesó el corazón. Lo único que vio al caer al piso fue la imagen de la muchacha del día anterior, y no porque estuviera enamorado, si no porque sabía que eso alejaría a las sombras. Pero esta vez no funcionó. Las sombras salieron de todos lados, para tomarlo, para adueñarse de él. Apretaban su corazón hasta hacerlo gritar y llorar. Entonces se resigno a la muerte. Y murió, como todos los demás, sin ser reclamado nunca.
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Hace 10 años